
Por Jonhny Saldivias, Director de Ecuajunior
En una larga y profunda tertulia, con dos padres, empezamos a descubrir otros factores que, aunque invisibles, están presentes en el desarrollo de los jugadores e influyen de manera notable.
Este encuentro era con padres que tenían a sus niños entrenando tenis en la etapa de precompetencia. Uno de ellos tenía una larga experiencia en la competencia de tenis y el otro recién comenzaba a participar y conocer el tenis como deporte ya que a su hijo le había gustado esta disciplina y decidió apoyarlo.
El experimentado, trataba de ser consistente con todo lo que había aprendido sobre el desarrollo del tenis y la competencia y abrigaba mucha paciencia con la formación tenística de su hijo. Esperaba mesuradamente y estaba completamente convencido que su hijo aprendería a jugar tenis si él como padre cumplía con “su parte del trato” y ésta era simplemente pagar la pensión de la escuela de tenis y dejar a los especialistas hacer su trabajo. El instintivo, aquel que era nuevo en el deporte del tenis, no se conformaba solamente con esa parte del trato, si no que estaba dispuesto a “aceitar la maquinaria” de la enseñanza. Sus instintos le decían que no debía confiar en lo que le enseñarían en el horario de clases de la academia y había decidido que su hijo tomaría clases particulares todas las semanas con el profesor de la escuela ya que eso sobre todo logaría que “el profe le parara más bola” en los entrenamientos diarios dentro del horario de escuela, aún a costa del continuo retraso en la pensión regular de la academia.
En discusiones tenísticas entre ambos padres salió a relucir este punto; y el padre con conocimiento tenístico enfatizó que los profesores cuando son responsables y profesionales de ninguna manera influirán o inclinarán la balanza sobre aquel niño que toma o no clases particulares y añadió que los progresos del niño que tomaba las clases privadas obedecía a la cantidad de horas adicionales que estaba en la cancha.
El padre instintivo hizo un breve y convincente recuento de las veces que el profe le había dado preferencia al armar el grupo de entrenamiento y enumeró los logros alcanzados hasta ese momento gracias a ese esfuerzo extra por parte de él en pagarle esas “clasecitas particulares” e invitó al otro padre a hacer lo mismo explicándole que es así como funcionan las cosas.
No podemos ocultar la verdad y aceptamos como cierto que hay algunos profesores que incluso no inscriben en la competencia del fin de semana a sus alumnos para no perder esas clases privadas en esos días. Ellos mismo lo han comentado abiertamente.
Compartimos plenamente la decisión del padre experimentado en creer y dar un voto de confianza a los profesionales que están a cargo de la enseñanza del tenis. Pero nos permitiremos darle un consejo: extender un poco más su tarea y no limitarla solamente a pagar la escuela, sino además hacer un esfuerzo extra por buscar y encontrar no solamente una buena academia si no una que tenga profesores con valores éticos y humanos. Profesores a quienes el dinero no sea el único motivo que los mueva, aquellos que dentro de sus aspiraciones de auto realización esté el formar buenos tenistas simplemente porque aman su trabajo. Y aunque les parezca una falacia a estos profesores que no les mueve necesariamente el dinero y actúan desinteresadamente son los que luego de tener tantos logros y jugadores triunfadores, la vida les da el privilegio de cobrar excelentes salarios.
Conocemos varios profesores que invitan a sus alumnos el fin de semana a entrenar gratuitamente solamente porque quieren ayudarlos a progresar, y si el padre pregunta por delicadeza ¿cuánto le deben? Se limitan a explicar que el jugador simplemente se lo merece.
Al difundir de esto no pretendemos que el no cobrar sea un comportamiento generalizado, la intención es hacer un reconocimiento a la existencia de estos profesionales que entienden plenamente de que se trata el desarrollo y están comprometidos con el deporte.
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